
Munición perezosa
Un atracador robó la pistola del 45 de un veterano de la Segunda Guerra Mundial y la usó para atracar una tienda. Cuando el arma hizo clic, miró por el cañón. La munición de cuarenta años tardó un instante más en decidirse.
En algún momento de los años noventa, en el suroeste de Estados Unidos, un hombre entró a robar en la casa de un veterano de la Segunda Guerra Mundial. Entre las cosas que se llevó estaba la pistola automática del calibre 45 que el soldado había usado en combate en los años cuarenta.
El atraco a la tienda
Con el arma recién robada, el ladrón se dirigió a atracar un comercio. Apuntó al dependiente y apretó el gatillo.
Clic.
El arma no disparó.
La física del hangfire
Lo que no sabía el ladrón —ni probablemente le habría importado saberlo— es que la munición lleva décadas guardada en condiciones subóptimas. Con el tiempo, los cebadores de los cartuchos pierden capacidad de ignición instantánea. El resultado es el hangfire: el cebador se enciende, pero con un retraso de milisegundos a varios segundos.
El ladrón, desconcertado por el fallo, bajó el arma y miró por el cañón para comprobar qué había ocurrido.
El cebador tardó un instante más en completar la ignición.
El final
La bala viajó a unos 1.000 kilómetros por hora. La identificación del cuerpo requirió huellas dactilares.
La policía recuperó el arma y la devolvió al veterano.
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