No hay carril bici en el aeropuerto
Marcelo, 25 años, cruzó en bicicleta la pista de aterrizaje del aeropuerto de Sorocaba escuchando el walkman a todo volumen. No oyó el avión bimotor que aterrizaba.
1997 fue el año en que la humanidad clonó a Dolly, demostró que podía copiar vida con precisión quirúrgica y, simultáneamente, alcanzó cotas inéditas de creatividad autodestructiva. Trece casos. Cero lecciones aprendidas.
Entre los más destacados: un ladrón en Calgary que llegó misteriosamente al piso doce y bajó de forma mucho más documentada, y Jerome Bullock, que protagonizó no una sino dos entradas en nuestros registros: primero con treinta metros de sábanas y una ventana irrompible, y luego porque sus cálculos de longitud fallaron por exactamente 86 pies. El resto del año completó el cuadro con la eficiencia habitual: un ladrón de bicicletas que usó la linterna como adorno bucal, un herpetólogo aficionado que prefirió el bar al hospital tras conocer a una cobra, y un ciclista brasileño que cruzó una pista de aterrizaje con el walkman a máximo volumen. La gravedad, el veneno y la física aeronáutica cumplieron con su parte del trato. Como siempre.
Marcelo, 25 años, cruzó en bicicleta la pista de aterrizaje del aeropuerto de Sorocaba escuchando el walkman a todo volumen. No oyó el avión bimotor que aterrizaba.
Dos casos en los que la decisión de exhibirse en público tuvo el mismo resultado: un hombre en Dallas que saltó de un puente de ferrocarril huyendo de la policía, y una mujer en San Francisco arrastrada por un tren.
Cuatro adolescentes de Malasia pasaron meses cavando túneles en la orilla de un río para usarlos como trincheras en un juego de guerra imaginario. El derrumbe se quedó con tres de ellos.
Alan Hall, 48 años, apareció en el jardín de su hermano con una herida grave y una historia sobre una mujer. La historia era falsa. La herida, no.
Daniel Jones cavó un agujero de dos metros y medio en la playa de Buxton para tener intimidad. La arena opinó diferente.
Jerome Bullock construyó una cuerda de treinta metros con sábanas, rompió la ventana supuestamente irrompible de su celda y comenzó a descender. El cristal cortó la tela. Cayó 45 metros.
Jerome Bullock construyó una cuerda de sábanas de 111 pies para escapar de la cárcel del condado de Allegheny. Necesitaba 197.
Wayne Roth fue mordido por una cobra, rechazó el hospital y se fue a un bar a presumir. El veneno tardó unas horas. Él no esperó tanto.
Durante una excursión de empresa en autobús por Holanda, dos empleados sacaron la cabeza por la ventana del techo mientras cantaban. El autobús entró en un viaducto.
Eric Barcia improvisó un puente elástico con cinta americana y cuerdas de bazar. Midió todo menos lo más importante: la distancia al suelo.
Un ladrón accedió al balcón del piso 12 de un edificio en Calgary. Cuando el inquilino gritó, el intruso cayó al intentar huir. Nadie supo nunca cómo había llegado hasta allí.
Una mujer de Wichita dejó a su hijo de 10 años mover el coche en marcha atrás para despejar la entrada. Tropezó guiándolo, el niño pisó el acelerador y la atropelló. El chico quedó ileso.
Santiago Alvarado, 24 años, intentó robar una tienda de bicicletas en Lompoc, California, entrando por el techo. Para tener las manos libres, se puso la linterna en la boca. La caída resolvió el problema de las manos y el de la linterna al mismo tiempo.